sábado, 6 de septiembre de 2014

Mercedes Simone

Esa dama tanguera

Por esas cosas del destino o por pura casualidad, su apellido coincide con el nombre de la máxima expresión del feminismo: Simone. Y aunque no profesó la defensa del género de manera explícita, fue una figura emblemática que hizo ganar un espacio a las mujeres que hasta el momento no ocupaban.
Apodada “la dama del tango”, Mercedes Simone perteneció a la generación de cancionistas surgidas a mediados de los años 20 en el país, un grupo que marcó el ingreso de las mujeres al tango, un género musical que hasta el momento, era exclusivo para varones. Azucena Maizani, Rosita Quiroga, Libertad Lamarque (la más reconocida) y Ada Falcón fueron otras referentes de la década y según lo señalado por diferentes críticos, Simone se destacó entre ellas por su “perfecta dicción”, “su temperamento casi melancólico”- encajando con el perfume triste del tango-, “su perfeccionismo a la hora de estudiar música”. Su intervención en el tango, generó que los aires machistas del tango se esparcieran un poco: ya no quedaban dudas de que las mujeres podían ser parte.Dicen que sus principales oyentes eran de la clase media urbana y que no se acercó al lunfando tanguero.
Los biógrafos de Mercedes Simone aseguran que su vida privada no tiene muchos vaivenes ni conflictos que inciten a escribir páginas de novelas o a hundirse en ella sin querer salir. Nació en 1904 en Villa Elisa, un pueblo cercano a La Plata, la capital bonaerense, donde se mudó junto a su familia desde niña. Allí fue al colegio Sagrada Familia donde integró un coro de niñas, lo que resultó su primera experiencia con la música. De adolescente trabajó en una tienda y luego en una imprenta, donde conoció a su marido, el guitarrista Pablo Rodríguez. Cuando los colegas del músico escucharon a Mercedes, recomendaron que la incluyera en su repertorio. Así lo hizo y ese fue el inicio de historia como tanguera. En ese entonces, su marido tenía una peluquería que dejó años más tarde para convertirse en su representante.
Con su prodigiosa voz, la mujer comenzó a acaparar la atención de clientes de bares y cafés donde cantaba junto a Rodriguez. Tanto fue así que en 1926 debutó profesionalmente en la famosa confitería Los dos Chinos de Bahía Blanca y el teatro Odeón de la misma ciudad. En ese lugar la escuchó Rosita Quiroga, conocida por ser la primera cantante “arrabalera” del tango, y le brindó su respaldo y la recomendó en el ambiente.
Desde ese momento, la carrera profesional de Simone supo sólo de logros y admiraciones. En 1928 debutó en radio, el sueño de muchos cantantes de su época. Lo hizo en las radios Splendid y Belgrano primero y luego en radio El Mundo y LOR Argentina. En las emisoras, grabó más de 240 temas, y, el que más se destacó fue Cantando, que fue su marca registrada. Otros temas conocidos (de los que hay pocos registros) fueron Muchacho, Dandy, La última cita, Negra Maria y como si fuera poco, todas las milongas del grandísimo Homero Manzi y Sebastián Piana, este último su acompañante en el escenario durante algún tiempo. También grabó con las orquestas de Francisco Lomuto y Adolfo Carabelli.
Se animó también a dar otros saltos. Cantó canciones que no eran tangos, como India, Noche de Ronda y Domingo Sombrío, un vals húngaro prohibido por incitar al suicidio. Esa incursión la hizo atravesar fronteras y llegar a países como Cuba o Brasil, donde la admiraban. Montevideo era una ciudad que frecuentaba.
Volviendo al tango, hizo cine. ¡Tango!, el primer largometraje de cine sonoro argentino (1933) contó con su participación y como no podía ser de otra manera, lo hizo interpretando Cantando, su canción más admirada. Esa película tuvo como protagonistas a actores de la talla de Tita Merello, Libertad Lamarque o Luis Sandrini y el guión del prestigioso Carlos de la Púa.
Entusiasmada por haber participado de esa aventura cinematográfica, Simone actuó en otras películas como La otra y yo, Ambición, La vuelta de Rocha y Sombras Porteñas. Ninguna perduró ni alcanzó el éxito de su primer film.
A los 90 años, murió. Se transformó en un ícono de La Plata; no así del resto del país donde su nombre cuesta que resuene sino se escarba entre los recuerdos. En la capital de Buenos Aires, inauguraron un busto con su nombre, le pusieron su nombre a una calle, a la casa de la cultura de Villa Elisa, entre otros símbolos culturales.

No es fácil acceder a sus discos y mucho menos a sus películas, quedaron pocas huellas.



Fuentes: diario La Nación; Todotango.com,Investigaciontango.com

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